México padece problemas más graves que Europa, pero la protesta es débil

México padece problemas más graves que Europa, pero la protesta es débil

Foto: Enfoque

Mientras Francia, España, Italia, Portugal y Alemania enfrentan movilizaciones masivas por el costo de vida, la crisis de vivienda y el deterioro de los servicios públicos, en México los problemas de inseguridad, desapariciones, corrupción e impunidad parecen no generar una respuesta colectiva de la misma magnitud. 

 

El contraste revive el polémico dicho: “Cada pueblo tiene el gobierno que se merece”; desde mediados de septiembre de 2026, distintos países europeos han registrado una oleada de protestas que ha movilizado a estudiantes, trabajadores, sindicatos, agricultores y jóvenes inconformes con las condiciones económicas y sociales; las manifestaciones han alcanzado dimensiones multitudinarias, con enfrentamientos, incendios, destrozos y detenciones.

 

En Francia, las movilizaciones comenzaron con reclamos estudiantiles por las malas condiciones de los planteles educativos, la falta de profesores y la saturación de las aulas, pero rápidamente se extendieron a otros sectores sociales; en las jornadas del 17 y 24 de octubre se reportaron entre 410,000 y 800,000 participantes, de acuerdo con cifras oficiales y estimaciones de los convocantes.

 

 

España también enfrenta una creciente inconformidad por la crisis inmobiliaria y los elevados precios de los alquileres, mientras que en Portugal las movilizaciones exigen medidas para frenar el encarecimiento de la vivienda y mejorar los salarios; Italia y Alemania se han sumado a las protestas, con reclamos relacionados con el poder adquisitivo, la educación y la incertidumbre sobre el futuro de las nuevas generaciones.

 

El malestar europeo tiene un denominador común: salarios que pierden capacidad de compra, viviendas cada vez más inaccesibles, servicios públicos deteriorados y jóvenes que consideran bloqueadas sus oportunidades de desarrollo.

 

En México, las condiciones que provocan las protestas europeas también están presentes, pero se agregan problemas de mayor gravedad, como la inseguridad, las desapariciones, la violencia del crimen organizado, la corrupción, la impunidad y las deficiencias del sistema de salud.

 

Trabajadores del IMSS, personal médico, transportistas, jubilados, estudiantes, madres buscadoras y colectivos ciudadanos han salido a las calles para exigir soluciones, pero sin la fuerza ni el empuje necesarios.

 

Estas expresiones de inconformidad suelen mantenerse separadas, con demandas específicas y alcances limitados; a diferencia de lo que ocurre en algunas capitales europeas, no han logrado consolidar una movilización nacional sostenida que reúna a distintos sectores sociales en torno a una exigencia común. Las inconformidades sociales no terminan de convertirse en un movimiento transversal con capacidad de presión política.

 

¿Por qué México no sale a protestar con la misma fuerza?

 

La diferencia entre Europa y México no radica en la falta de motivos para manifestarse; por el contrario, la violencia criminal, las desapariciones forzadas, la impunidad y la corrupción representan problemas que afectan directamente la vida y la seguridad de millones de personas.
 

Mientras en ciudades europeas miles de jóvenes y trabajadores ocupan las calles durante jornadas consecutivas para exigir cambios, en México sólo hay limitadas movilizaciones sectoriales, bloqueo de una calle y concentraciones que, en muchos casos, pierden fuerza después de un par de horas.

 

No significa que en el país no haya resistencia social ni que las protestas deban medirse por los destrozos o los enfrentamientos con las autoridades; el contraste está en la capacidad de organización, la continuidad de las movilizaciones y la fuerza con la que distintos sectores consiguen colocar sus demandas en la agenda pública.

 

La pregunta no es si México tiene motivos para protestar, porque sobran; la verdadera interrogante es por qué, frente a problemas tan profundos, la indignación colectiva no consigue transformarse en una presión social sostenida capaz de exigir respuestas y cambios de fondo.

 

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