Xoloitzcuintle, el perro que acompaña al difunto en su tránsito hacia el Mictlán

Xoloitzcuintle, el perro que acompaña al difunto en su tránsito hacia el Mictlán

Foto: Magnific

A las puertas del Día de Muertos, el perro de origen mexicano vuelve a ocupar un lugar especial en las ofrendas, aunque popularmente se le considera el guía de las almas hacia el inframundo, las crónicas del siglo XVI revelan que esta creencia es más compleja y que el xoloitzcuintle no era la única variedad de perro vinculada con el viaje al más allá.

 

El xoloitzcuintle, reconocido por su piel sin pelo, sus grandes orejas y su figura esbelta, es uno de los símbolos más representativos de la cultura mexicana. 

 

Su presencia en las celebraciones del 1 y 2 de noviembre está relacionada con una antigua creencia de los pueblos mesoamericanos: los perros acompañaban a los difuntos en su tránsito hacia el Mictlán, el lugar de los muertos en la cosmovisión mexica.
 

Sin embargo, la versión popular que atribuye exclusivamente al xolo la tarea de conducir las almas tiene matices históricos que permiten comprender mejor el origen de esta tradición.

 

Una de las principales referencias sobre esta creencia aparece en la obra de fray Bernardino de Sahagún, "Historia general de las cosas de Nueva España", escrita durante el siglo XVI.

 

En su descripción de los funerales indígenas, el religioso documentó que a los difuntos se les colocaba un pequeño perro de pelo bermejo, es decir, de tonalidad rojiza, que debía acompañarlos durante su recorrido por el inframundo.

 

De acuerdo con el relato, las almas tenían que atravesar un río conocido como Chiconahuapan, si el animal reconocía a su antiguo dueño, se lanzaba al agua y lo ayudaba a cruzar sobre su lomo.

 

La crónica también dice que el color del perro era importante, los animales blancos y negros se negaban a llevar a cabo el cruce por distintas razones, mientras que el bermejo era el indicado para cumplir esa función.

 

El trayecto hacia el Mictlán se concebía como un viaje de cuatro años que concluía ante Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, las deidades asociadas con la muerte y el inframundo.

 

El nombre xoloitzcuintle proviene del náhuatl y combina las palabras Xólotl, deidad vinculada con el ocaso, el rayo y las transformaciones, e itzcuintli, que significa perro.

 

Las investigaciones arqueológicas sitúan el desarrollo del tipo de perro sin pelo en el occidente de México hace aproximadamente dos mil años; hallazgos en regiones como Colima, Jalisco y Nayarit muestran la importancia que estos animales tuvieron en las sociedades prehispánicas.

 

Las representaciones de perros en cerámica, especialmente las procedentes de las tumbas de tiro del occidente mexicano, constituyen una de las evidencias más conocidas de esa relación. No obstante, los especialistas advierten que no todas estas figuras representan xoloitzcuintles, pues también existieron otras variedades de perros.

 

Entre ellas se encontraban los tlalchichis, de patas cortas y cuerpo robusto, así como los techichis y los itzcuintles con pelo; estos animales también estuvieron presentes en la vida cotidiana y en contextos funerarios.

 

Aunque la celebración contemporánea combina elementos de las culturas mesoamericanas con las festividades católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, la relación entre los perros y el mundo de los muertos tiene raíces anteriores a la llegada de los españoles.

 

La tradición también recuerda que no todas las personas fallecidas, de acuerdo con la cosmovisión mexica, seguían el mismo camino: quienes morían en combate, durante el parto o por causas relacionadas con Tláloc tenían destinos diferentes.

 

Así, colocar un xoloitzcuintle en la ofrenda no significa reproducir exactamente un funeral prehispánico, sino mantener viva una memoria cultural que ha evolucionado a lo largo de los siglos.

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