La narrativa oficial insiste en que Morena es un movimiento sólido, cohesionado en torno al proyecto de la Cuarta Transformación y a la presidenta Claudia Sheinbaum; la realidad, sin embargo, empieza a filtrarse por las costuras.
Los dedazos, o en lenguaje más elegante, las designaciones vía encuestas internas y coordinaciones estatales, para las 17 gubernaturas que se disputarán en 2027 ya generaron los primeros berrinches públicos. Y no son menores.
Tatiana Clouthier, exsecretaria de Economía, coordinadora de campaña de AMLO en 2018 y hasta hace poco titular del Instituto de Mexicanos en el Exterior, perdió la coordinación en Nuevo León frente a Clara Luz Flores; su respuesta no fue el clásico “acepto y me sumo”.
Primero se ausentó de la foto oficial y se limitó a decir que respaldaba “el proyecto de la presidenta”; pero días después lanzó el movimiento “Todos con Conciencia”, con el lema de que “Nuevo León no merece ser entregado”.
Asegura que no va por cargos, que respeta a Sheinbaum y reconoce avances de la 4T, pero el mensaje es claro: el partido no estuvo a la altura, hubo traición a los valores y ella se queda fuera del esquema oficial, pero no del tablero político. Es la separación de actitud más evidente hasta ahora.
Félix Salgado Macedonio es otro caso paradigmático; el senador con licencia quiso competir por Guerrero y se topó de frente con la regla antinepotismo que el propio partido impuso: no puede haber continuidad familiar cuando la hija, Evelyn Salgado, es la gobernadora en funciones.
Salgado aceptó a regañadientes, reiteró que “ama” a Morena y que no se va a ningún lado, pero el malestar quedó registrado. No es un recién llegado ni un cuadrito de relleno, es un actor con estructura, historial y capacidad de hacer ruido.
Pero no son los únicos. Andrea Chávez quedó fuera en Chihuahua frente a Cruz Pérez Cuéllar y algunos de sus simpatizantes no disimularon la inconformidad. En otros estados hubo ausencias en los actos de destape, pedidos de revisión técnica de las encuestas y tensiones con el Partido del Trabajo, que se sintió desplazado y abrió la puerta a los descontentos.
La “unidad” se sostiene con comunicados, llamadas a la disciplina y la figura de Sheinbaum como ancla. Pero el cemento ya presenta grietas.
Ahora, si esto ocurre en el nivel de las gubernaturas, donde hay menos posiciones, más visibilidad y mayor control desde el centro, ¿qué sucederá cuando llegue el momento de definir candidatos a diputados federales, locales, regidores y síndicos?
Ahí el volumen se multiplica de forma brutal: cientos de espacios, estructuras locales en juego, clientelas y ambiciones de segundo y tercer nivel que hasta ahora habían esperado su turno.
El método de designación, encuestas opacas, acuerdos cupulares, reglas que se aplican de manera selectiva generarán, primero, una desbandada, no necesariamente masiva ni inmediata, pero sí suficiente para que cuadros con estructura, recursos o capacidad de movilización busquen acomodo en otros partidos, como independientes o en movimientos paralelos.
Algunos se quedarán dentro haciendo ruido; otros saldrán y se convertirán en criticadores privilegiados del proceso.
Después vendrá lo más delicado, la operación política anti-Morena proveniente desde el mismo Morena, los derrotados no siempre se van a casa a llorar, conservan redes, información interna, contactos con medios y, sobre todo, resentimiento.
Pueden filtrar, boicotear en territorio, restar votos de manera sutil o abierta, alimentar narrativas de fraude interno o de traición al proyecto original.
Ya lo vimos en ciclos anteriores con el PRI y el PRD: las peores heridas las infligen los que conocen las entrañas. Cuando el dedazo se multiplica por miles de posiciones, el riesgo de que sectores del propio partido se conviertan en oposición de facto crece de manera exponencial.
Morena todavía tiene ventajas estructurales enormes: el control del gobierno federal vía dádivas, recursos públicos, la popularidad residual de AMLO y un liderazgo focalizado de Sheinbaum.
Pero la unidad forzada tiene fecha de caducidad, mientras las designaciones se limitaban a un puñado de gubernaturas, el daño era manejable. Cuando llegue el reparto de diputaciones y alcaldías, el partido descubrirá que su mayor amenaza no necesariamente viene de la oposición tradicional, sino de aquellos que un día fueron parte del mismo proyecto y hoy se sienten desechados.
La “unidad morenista” no se rompe de un golpe; se deshace por goteo. Y el goteo ya empezó.