Las estadísticas pueden registrar el final de una historia, pero rara vez explican todo lo que ocurrió antes. Detrás de cada muerte existe una experiencia personal y una serie de circunstancias que obligan a mirar con mayor atención la manera en que las personas jóvenes viven, enfrentan el sufrimiento y encuentran ayuda.
Los jóvenes de 15 a 29 años presentaron la tasa más alta de suicidios en México durante 2025, de acuerdo con datos del Inegi. En este grupo de edad, el suicidio representó la tercera causa de muerte.
“Cuando las personas jóvenes encabezan estas estadísticas, tenemos que preguntarnos qué está ocurriendo mucho antes de una crisis. La prevención exige escuchar las historias detrás de los números y reconocer que muchas veces el sufrimiento aparece en espacios cotidianos, donde una persona necesita encontrar a alguien capaz de tomarla en serio y acercarla a la ayuda adecuada”, dijo Mafer Olvera, fundadora y directora de HOPE, red de salud emocional especializada en adolescentes y jóvenes en la Ciudad de México.
Una realidad que no tiene una sola causa
El suicidio responde a una combinación compleja de factores y cada historia tiene circunstancias particulares. Las relaciones familiares, las experiencias de violencia, el aislamiento, las pérdidas, los problemas emocionales y las dificultades económicas pueden formar parte de contextos que afectan profundamente el bienestar de una persona.
Comprender que no existe un único detonante es fundamental para dejar de estigmatizar el tema y comenzar a tejer redes de apoyo más amplias que abarquen todas las esferas de la vida de un adolescente o adulto joven.
La prevención necesita llegar antes
En la última década, la tasa nacional de suicidios pasó de 5.1 por cada 100 mil habitantes en 2015 a 6.7 en 2025. Este aumento obliga a pensar la prevención como una tarea permanente, con servicios accesibles y estrategias capaces de acompañar a las personas antes de que el sufrimiento alcance un punto crítico.
Para Mafer Olvera, familias, escuelas, universidades, instituciones y comunidades forman parte de esa posibilidad. Prevenir también significa construir espacios donde los jóvenes puedan hablar sobre lo que sienten, reconocer que necesitan apoyo y encontrar rutas claras hacia la atención profesional cuando su situación lo requiere.
“La prevención del suicidio no puede comenzar cuando ya no queda otra opción. Tiene que estar presente mucho antes, en la forma en que escuchamos, en los espacios que construimos y en nuestra capacidad para responder cuando alguien pide ayuda. Hoy, la tarea más importante consiste en lograr que ningún joven tenga que enfrentar solo aquello que siente”, concluye Mafer Olvera.