Las protestas que mantiene la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) han vuelto a colocar en el centro del debate el sistema de pensiones en México: entre sus principales exigencias destaca la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007, reforma que sustituyó el esquema solidario de jubilación por uno de cuentas individuales administradas por Afores.
Para el magisterio disidente, este cambio representó una pérdida de derechos laborales, pues consideran que redujo las pensiones futuras, elevó la edad de retiro y trasladó al trabajador la responsabilidad de financiar su propia jubilación.
Sin embargo, lo que suele pasar desapercibido es que millones de trabajadores del sector privado enfrentan desde hace casi tres décadas un modelo similar, derivado de la reforma a la Ley del Seguro Social de 1997.
Antes de las reformas al IMSS y al ISSSTE, México operaba principalmente bajo un esquema de beneficio definido o sistema solidario; en este modelo, las aportaciones de los trabajadores activos financiaban las pensiones de quienes ya se habían jubilado; a cambio, el Estado garantizaba una pensión calculada con base en el salario y los años de servicio.
Los afiliados al IMSS bajo la llamada Ley 73 y los trabajadores del Estado incorporados al ISSSTE antes de 2007 conservan, bajo ciertas condiciones, este tipo de beneficios.
La principal ventaja era la certeza, el trabajador sabía aproximadamente cuánto recibiría al retirarse; sin embargo, el sistema comenzó a enfrentar presiones financieras derivadas del envejecimiento poblacional, el aumento en la esperanza de vida y la disminución de la proporción de trabajadores activos por cada pensionado.
Las reformas crearon un esquema de contribución definida basado en cuentas individuales y cada trabajador acumula recursos a lo largo de su vida laboral mediante aportaciones del empleado, el patrón y el gobierno, ese dinero es administrado por una Administradora de Fondos para el Retiro (Afore), que lo invierte para generar rendimientos.
Al momento de jubilarse, el monto de la pensión dependerá del ahorro acumulado, los rendimientos obtenidos y la densidad de cotización, es decir, la cantidad de tiempo que la persona permaneció cotizando formalmente.
Este modelo es el que actualmente rige para los trabajadores afiliados al IMSS bajo la Ley 97 y para los servidores públicos incorporados al ISSSTE después de 2007 o que decidieron migrar al nuevo esquema.
Los defensores del sistema destacan que los recursos pertenecen al trabajador, generan rendimientos y pueden ser heredables en determinados casos. Además, permiten reducir la presión financiera que históricamente recaía sobre el Estado.
No obstante, las críticas son numerosas, algunos especialistas han advertido durante años que muchos trabajadores podrían recibir pensiones equivalentes a menos de la mitad de su último salario, especialmente aquellos con trayectorias laborales intermitentes o bajos ingresos.
Aunque las reformas recientes mejoraron las aportaciones patronales y fortalecieron la pensión garantizada, el desafío persiste en un país donde la informalidad laboral supera 50% de la población ocupada.
Por ello, algunos analistas consideran que el debate no debe centrarse únicamente en las Afores como administradoras, sino en las limitaciones de un sistema basado en la capitalización individual dentro de un contexto marcado por salarios relativamente bajos, alta informalidad y escasa cultura de ahorro.
A pesar de que más de 70 millones de cuentas de ahorro para el retiro están registradas en el país, diversas encuestas financieras muestran que una parte importante de los trabajadores revisa poco o nada su estado de cuenta y hace escaso ahorro voluntario.
¿Al ciudadano de a pie le preocupa cuánto tiene ahorrado en su Afore?
Para conocer qué tan presente está este tema entre la población, Imagen Poblana hizo un sondeo con tres personas. Las respuestas reflejan una realidad común: hay preocupación por el retiro, pero no necesariamente un seguimiento constante al ahorro acumulado.
Por ejemplo, Teresa García, de 32 años y empleada administrativa, comentó que sabe que tiene una Afore porque su empresa la registró desde que comenzó a trabajar, pero reconoce que rara vez consulta su saldo.
"Sí me preocupa mi retiro, pero la verdad es que casi no reviso cuánto tengo, entre los gastos de la casa, los hijos y las cuentas, uno se enfoca más en el presente", dijo.
Por su parte, José Ramirez, de 45 años, afirmó que procura revisar periódicamente su cuenta, aunque considera que la información relacionada con pensiones y ahorro para el retiro suele resultar compleja para gran parte de la población.
"De vez en cuando veo cuánto llevo ahorrado, porque ya no estoy tan joven, lo que sí creo es que mucha gente no le presta atención hasta que se acerca a la edad de jubilarse. A veces pensamos que falta mucho tiempo y lo dejamos para después", expresó.
En contraste, Roberto, de 26 años y trabajador de tienda departamental, admitió que prácticamente desconoce cuánto dinero tiene acumulado en su cuenta individual.
"Sé que existe, pero nunca he revisado cuánto tengo, a mi edad uno piensa más en pagar la renta o ahorrar para otras cosas. Tal vez más adelante me preocupe por eso, pero ahorita no es algo que tenga muy presente", comentó.
Es evidente que mientras quienes se acercan a la madurez laboral muestran mayor interés por conocer el estado de su cuenta, entre los trabajadores más jóvenes prevalece la percepción de que la jubilación es un tema lejano.
Esta situación puede traducirse en una menor planeación financiera y en la ausencia de aportaciones voluntarias que fortalezcan el ahorro pensionario.