Mientras la ONU reconoce a la esclavitud como crimen grave, millones aún la padecen

Mientras la ONU reconoce a la esclavitud como crimen grave, millones aún la padecen

Foto: Freepik

La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas calificó la trata transatlántica de africanos y la esclavitud racializada como "el crimen de lesa humanidad más grave de la historia”. 

 

La iniciativa, impulsada por Ghana y respaldada por la Unión Africana, busca reconocer el impacto histórico y las secuelas persistentes de este sistema, que afectó al menos a 12.5 millones de personas entre los siglos XVI y XIX. 

 

El pronunciamiento representa un reconocimiento simbólico de uno de los episodios más atroces de la historia, pero también reabre el debate sobre las consecuencias contemporáneas de la esclavitud

 

 

 

Organismos internacionales y especialistas advierten que, lejos de ser un fenómeno del pasado, la explotación persiste bajo nuevas formas en prácticamente todos los países del mundo.

 

De acuerdo con el Global Slavery Index 2023, elaborado por Walk Free con datos de 2021, alrededor de 49.6 millones de personas vivían en condiciones de esclavitud moderna en cualquier día de ese año, lo que representa un aumento de 10 millones respecto a 2016. 

 

De ese total, 27.6 millones eran víctimas de trabajo forzoso y 22 millones se encontraban en matrimonios forzados, evidenciando una problemática global que afecta de manera desproporcionada a mujeres, niñas, niños y población migrante.

 

La esclavitud moderna, según la definición de la ONU, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y Walk Free, engloba todas aquellas situaciones de explotación de las que una persona no puede escapar debido a amenazas, violencia, coerción, engaño o abuso de poder. 

 

Esto incluye prácticas como la trata de personas, la servidumbre por deudas, la explotación sexual forzada, los matrimonios serviles, la explotación infantil, entre otras.

 

En términos de prevalencia, medida por el número de víctimas por cada mil habitantes, países como Corea del Norte, Eritrea y Mauritania encabezan la lista, con altos niveles de trabajo forzoso, en muchos casos impulsado o tolerado por el propio Estado. 

 

 

 

También figuran naciones como Arabia Saudita, Turquía, Emiratos Árabes Unidos y Afganistán, donde confluyen factores como conflictos armados, sistemas autoritarios y explotación de trabajadores migrantes.

 

Por volumen absoluto, los mayores focos de esclavitud moderna se concentran en países altamente poblados, India lidera con aproximadamente 11 millones de personas en esta condición, seguida de China con 5.8 millones, Corea del Norte con 2.7 millones y Pakistán con 2.3 millones. 

 

A estos se suman Indonesia, Nigeria, Bangladés, Turquía y Estados Unidos, este último con más de un millón de casos estimados. Seis de los diez países con mayor número total forman parte del G20.

 

En América Latina y el Caribe, aunque la prevalencia es menor en comparación con otras regiones, el fenómeno persiste, Venezuela, Haití, El Salvador y Guatemala registran algunos de los niveles más altos, principalmente vinculados a trabajo forzoso y matrimonios obligados, en contextos marcados por crisis económicas, violencia e inestabilidad institucional.

 

Especialistas coinciden en que factores como la pobreza extrema, los conflictos, la migración forzada, la discriminación y la debilidad de las instituciones son determinantes en la persistencia de estas prácticas.

 

 

 

Incluso, en países de ingresos altos, más de la mitad del trabajo forzoso y una cuarta parte de los matrimonios forzados siguen ocurriendo, lo que evidencia que el desarrollo económico por sí solo no garantiza la erradicación del problema.

 

Aunque la resolución de la ONU pone el foco en el reconocimiento histórico y en las heridas del pasado colonial, organismos como la OIT y Walk Free subrayan que el reto actual exige acciones concretas: fortalecer marcos legales, proteger a las poblaciones vulnerables, combatir la impunidad y vigilar las cadenas de suministro globales, donde se estima que existen importaciones por 468,000 millones de dólares con riesgo de estar vinculadas a trabajo forzoso.

 

Así, mientras la comunidad internacional celebra el reconocimiento de la esclavitud como uno de los mayores crímenes de la historia, millones de personas continúan viviendo privadas de su libertad en pleno siglo XXI, lo que confirma que la esclavitud, en sus formas modernas, sigue siendo una de las crisis de derechos humanos más urgentes del presente.

 

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