Comer sano no siempre es más caro y puede resultar más económico

Comer sano no siempre es más caro y puede resultar más económico

Foto: FreePik

En el Día Nacional de la Nutrición, surge un debate recurrente en México: ¿es más caro llevar una alimentación saludable, que consumir productos ultraprocesados o la llamada “comida chatarra”?

 

Diversos estudios y datos oficiales recientes afirman que comer sano no es necesariamente más costoso; sin embargo, factores como el ingreso familiar, el acceso a alimentos frescos y el tiempo disponible para preparar comidas influyen de manera decisiva en que millones de familias opten por opciones menos nutritivas.

 

De acuerdo con el monitoreo de la Profeco, la canasta básica oficial, integrada por 24 productos esenciales y alineada con criterios del extinto Coneval y del INEGI, mantuvo en 2025 un costo promedio de alrededor de 910 pesos semanales, con variaciones regionales que oscilaron entre 800 y 900 pesos. No obstante, esta canasta cubre únicamente lo mínimo para la subsistencia, no una dieta equilibrada.

 

Según guías de la Secretaría de Salud, una alimentación saludable basada en frutas, verduras frescas, leguminosas, cereales integrales y proteínas moderadas, requiere un gasto adicional estimado de 200 a 400 pesos por persona a la semana, lo que eleva el total a entre 1,000 y 1,300 pesos semanales por adulto, considerando tres comidas diarias.

 

En términos mensuales, la canasta alimentaria urbana se ubicó en 2,450 pesos por persona mientras que la rural fue menor, con 1,844 pesos, de acuerdo con cifras del INEGI y la Secretaría de Agricultura.

 

Investigaciones del Instituto Nacional de Salud Pública, la UNAM y otros centros académicos han cuestionado la percepción de que una dieta saludable resulta inaccesible.

 

Una dieta saludable y sostenible puede costar hasta 40 % menos que la dieta promedio actual, caracterizada por un alto consumo de ultraprocesados, si se priorizan alimentos de temporada, leguminosas y granos locales.

 

Estudios en niños y adolescentes muestran que un patrón alimentario saludable cuesta similar o solo ligeramente más que uno no saludable, con diferencias no significativas, entre 311 y 352 pesos por dos semanas.

 

La comida mexicana tradicional, como frijoles, tortillas de maíz, verduras y frutas, resulta más económica y nutritiva que productos ultraprocesados como pastelillos, refrescos o snacks.

 

Sin embargo, pese a lo anterior, algunos reportes advierten que, en contextos de bajos ingresos, las dietas basadas en ultraprocesados pueden ser hasta tres veces más baratas en el corto plazo. Productos como sopas instantáneas, galletas o refrescos permiten cubrir una comida rápida con 50 pesos o menos, aunque con alto contenido calórico y bajo valor nutricional.

 

Con cerca del 35 % de la población en pobreza laboral en 2025, millones de personas no logran cubrir siquiera la canasta básica completa, cuyo costo urbano total superó los 4,800 pesos mensuales por persona y esta realidad obliga a priorizar lo más barato y rápido, aun cuando resulte dañino para la salud.
 

Además, en zonas urbanas predominan los llamados “desiertos alimentarios”, donde abundan tiendas de conveniencia con ultraprocesados y escasean alimentos frescos.

 

En zonas rurales, aunque persiste mayor acceso a productos locales, el aumento de la oferta y publicidad de ultraprocesados ha provocado un rápido crecimiento de la obesidad, acercándose a niveles urbanos.
 

A esto hay que sumar las largas jornadas laborales, especialmente en hogares donde las mujeres asumen la mayor carga de cuidados, reducen el tiempo para cocinar, lo cual favorece el consumo de comida preparada o ultra procesada, aun cuando preparar leguminosas o verduras sea más económico.

 

Especialistas coinciden en que comer sano no es inherentemente más caro e incluso puede resultar más económico si se opta por alimentos frescos, locales y de temporada. Sin embargo, la desigualdad económica, el acceso limitado y la falta de tiempo hacen que la comida ultra procesada sea la opción más fácil para millones de personas, pero este escenario contribuye a la alta prevalencia de obesidad, diabetes y enfermedades crónicas en el país.

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