Este 6 de enero, en México se conmemora el Día de la Enfermera y el Enfermero, una fecha que desde 1931 se instauró simbólicamente como un “regalo de Reyes” para los pacientes, en reconocimiento a la vocación y entrega de quienes cuidan la salud en hospitales y comunidades.
En este contexto, la enfermería constituye uno de los pilares del sector sanitario y es un gremio mayoritariamente femenino, con una participación estimada de entre 65 y 85 % de mujeres. Su labor es fundamental en la atención directa a pacientes, la prevención de enfermedades y el funcionamiento cotidiano de clínicas y hospitales, muchas veces en condiciones adversas y con escaso reconocimiento institucional.
Actualmente, México enfrenta un déficit estructural de personal de enfermería; de acuerdo con datos oficiales, el país cuenta con apenas 2.6 a 2.9 enfermeras por cada 1,000 habitantes, una cifra muy por debajo del estándar internacional recomendado, que es de al menos nueve por cada 1,000.
Esta brecha limita la capacidad de atención y aumenta la presión sobre el personal existente, ya que el sector salud emplea a cerca de 4'000,000 de personas, de las cuales entre 300,000 y 341,000 son profesionales de enfermería; el IMSS concentra la mayor plantilla, con más de 148,000 enfermeras y enfermeros, lo que lo convierte en el principal empleador del gremio a nivel nacional.
La demanda de estos profesionales continúa en aumento, impulsada por el envejecimiento de la población, el incremento de enfermedades crónicas y los cambios estructurales del sistema de salud, como la transición al modelo IMSS-Bienestar.
Pese a ofrecer relativa estabilidad laboral, la escasez de personal genera una fuerte sobrecarga, especialmente en el primer nivel de atención. En promedio, las enfermeras y enfermeros trabajan entre 38 y 40 horas semanales, con turnos rotativos y horas extra frecuentes, lo que impacta negativamente en su salud física y mental.
Entre los principales problemas laborales destacan la falta de insumos médicos, el desabastecimiento de medicamentos, la saturación de infraestructura y la persistencia de esquemas de informalidad laboral, que alcanzan entre 20 y 27 % en algunas categorías. Aunque instituciones como el IMSS y el ISSSTE ofrecen mayor formalidad y prestaciones, también enfrentan reclamos por carencias y condiciones de trabajo.
Los salarios presentan amplias disparidades según nivel de formación, especialización, región y tipo de contratación. Mientras una enfermera técnica o auxiliar percibe en promedio entre 7,000 y 8,200 pesos mensuales, una enfermera general puede ganar de 9,000 a 13,500 pesos. Las especialistas alcanzan ingresos promedio de 18, 700 pesos, e incluso superiores a 30 o 40,000 pesos en algunas entidades o con mayor experiencia.
A estos factores se suman retos como el síndrome de burnout, con altos niveles de estrés, ansiedad y agotamiento; la violencia laboral por parte de pacientes o familiares, y la migración de personal hacia Estados Unidos, donde los salarios pueden ser hasta diez veces mayores y las condiciones laborales más favorables, sin dejar de mencionar que también persisten inequidades de género, regionales y entre el empleo formal e informal.
Pero a pesar de este panorama complejo, la enfermería atraviesa un momento de mayor visibilidad y reconocimiento público, con iniciativas orientadas a la capacitación, el liderazgo y la profesionalización.